William Blake
EL MATRIMONIO DEL CIELO Y EL INFIERNO
Rintrah ruge y atiza sus fuegos en el aire denso;
nubes hambrientas penden sobre el abismo.
Por entonces sumiso y siguiendo la senda
peligrosa, el hombre justo prosiguió
su camino junto al valle de la muerte.
Se plantan rosas donde crecen espinas,
y las abejas cantan
por el yermo brezal.
Luego, arbolaron la senda peligrosa
y nacieron un río y un manantial
de cada acantilado y cada tumba;
y manó barro rojo
de los huesos blanquecinos.
Entonces el ruin dejó la senda
segura para andar por la peligrosa
y desplazó al justo hacia regiones yermas.
Ahora la taimada serpiente camina
afectando humildad
y el hombre justo rabia por los desiertos
donde merodean leones.
Rintrah ruge y atiza sus fuegos en el aire denso;
nubes hambrientas penden sobre el abismo.
Wordsworth
EL PRELUDIO O DESARROLLO DE LA MENTE DE UN POETA
(…)
Polvo somos, mas crece el inmortal espíritu,
tal como la armonía en música: una oscura
habilidad secreta reconcilia elementos
en discordia, y los hace aferrarse en unión
en una sociedad. Es extraño que todos
los terrores, dolores, miserias del principio,
lamentos, vejaciones, perezas, combinados
en mi mente una vez hayan sido una parte,
y parte necesaria, para constituir
la tranquila existencia que es mía cuando yo
soy digno de mí mismo. ¡Alabanza hasta el fin!
Dad gracias a los medios que la Naturaleza
se ha dignado emplear: bien si visita en paz,
o bien si alarma, suave, como la luz sin daño
abriendo las pacíficas nubes: o bien cuando usa
intervenciones más graves, en ministerio
más palpable, según convenga a su intención.
Una tarde de otoño (conducido por ella)
hallé una barca atada a un sauce en una cueva
en las rocas, su sitio de costumbre. Derecho
desaté su cadena, y embarcándome en ella,
empujé aguas adentro. Lo hice furtivamente,
con turbado placer, en tanto que las voces
de los ecos del monte seguían a la barca (...)
Coleridge
ESCARCHA A MEDIANOCHE
(...)
¡Niño mío, en tu cuna a mi lado durmiendo,
cuyos suaves alientos, en este hondo silencio,
rellenan los dispersos vacíos, momentáneas
pausas del pensamiento! Mi bello niño, al verte
mi corazón se agita con alegre ternura,
¡al pensar que tú habrías de aprender otras magias
en sitios muy diversos! Porque yo me eduqué
en la gran ciudad, preso entre sombríos claustros,
y no vi nada amable sino cielo y estrellas.
Pero tú, niño mío, andarás como brisa
por lagos y arenosas riberas, entre peñas
de la vieja montaña, debajo de las nubes
que imitan en sus formas los lagos y riberas
y las peñas del monte: así verás y oirás
las formas deliciosas y el son inteligible
de ese lenguaje eterno que pronuncia tu Dios,
que se enseña a Sí mismo desde la eternidad
en todo, y que en sí mismo muestra todas las cosas.
¡Maestro universal! Él ha de moldear
tu espíritu, y al darle le hará también pedir (...)
Byron
CAÍN: UN MISTERIO
(...) (Se van ABEL, ZILLAH y ADAIH )
CAÍN. (Solo.) ¡Y esto es vivir! ¡Trabajo! ¿Por qué he de trabajar?
Porque mi padre no supo guardar su sitio
en el Edén. ¿Y yo qué hice en eso? No había
nacido: no elegí nacer: ni amo el estado
que me encontré al nacer. ¿Por qué él a la serpiente
y a la mujer cedió? ¿Y así, por qué sufrir?
¿Qué había en todo esto? Ahí estaba el árbol,
¿y por qué no para él? Si no, ¿por qué ponerlo
junto a él, donde estaba, en medio, el más hermoso?
A todas las preguntas dan la misma respuesta:
«Tal fue su voluntad, y Él es bueno.» ¿Y yo cómo
lo sé? Por poderoso, ¿ha de ser también bueno?
Lo hizo por los frutos —y amargos— con que debo
vivir, por una culpa no mía. (Ve a LUCIFER.)
¿A quién tenemos aquí? Una forma como de ángel, pero de aspecto
más sereno y más triste de esencia espiritual.
¿Por qué tiemblo? ¿Debiera temerle más que a tantos
espíritus que veo a diario agitar
sus espadas flamígeras ante la puerta donde
rondo al ocaso, a veces, para ver un atisbo
fugaz de los jardines que son mi justa herencia,
antes de que anochezca sobre el muro cerrado,
y el árbol inmortal cuya copa rebasa
los bastiones por ángeles defendidos? Si a mí
no me asustan los ángeles con espadas de fuego,
¿por qué debe arredrarme éste que ahora se acerca?
Pero parece más poderoso que aquéllos, y no menos hermoso,
aunque no tan hermoso como ha sido y podría ser: la pena parece
que fuera la mitad de su inmortalidad.
¿Y es así? ¿Y un dolor puede salvar al hombre? Aquí viene. (Entra LUCIFER.) (...)
Shelley
PROMETEO DESENCADENADO
(Del Acto 1)
ESCENA. Un barranco de rocas heladas en el Cáucaso indio. Se ve a PROMETEO atado al precipicio. PANTHEA e IONE están sentadas a sus pies. La hora, de noche. Durante esta escena amanece lentamente.
PROMETEO. Monarca de los Dioses y Demonios, y todos
los Espíritus, menos Uno, que vais corriendo
agolpados por esos claros mundos en giro
que Tú y Yo, solamente, entre los seres vivos,
observamos con ojos que no duermen: contempla
la Tierra, pululante de tus esclavos, que haces
arrodillarse, orar y rendir alabanza,
y sufrir, y caer en vastas hecatombes
de corazones rotos, con temor y desprecio
de sí mismos, y sólo estéril esperanza,
mientras a mí, que soy tu enemigo, cegado
de odio, me haces reinar, triunfante, para escarnio
tuyo, sobre mis penas y tu vana venganza.
Tres mil años en horas sin cobijo de sueño
de instantes divididos por agudos espasmos
hasta parecer años, tortura y soledad,
desesperanza, escarnio: todo eso es mi reino,
más glorioso que el reino que tú contemplas desde
tu trono no envidiado, ¡oh poderoso dios!
Tú, fuerte, si me hubiera dignado compartir
la vergüenza de tu perversa tiranía,
no me vería aquí colgado, así clavado
al muro de este monte que hace impotente al águila,
irreal, negro, muerto, sin medida; sin hierbas
ni insectos, ni cuadrúpedos, forma o ruido de vida,
¡ay de mí, ay dolor, ay, dolor para siempre!
¡Sin cambiar, y sin pausa ni esperanza! Yo aguanto. (...)
Keats
AL OTOÑO
I
Estación de neblinas y madurez frutal,
gran amiga del sol que todo lo madura;
conspirando con él cargar y bendecir
las viñas que rodean los techados de bálago,
encorvar de manzanas los árboles musgosos
y llenar hasta dentro de madurez la fruta;
hinchar la calabaza, rellenar la avellana
de un dulce corazón, hacer abrirse más
flores tardías para las abejas: que piensen
que los días calientes nunca van a cesar,
pues rebosan verano sus celdas pegajosas.
II
¿Quién, entre tus tesoros, no te ha visto a menudo?
A veces quien se marcha te encuentra descansando
sin cuidado en algún tejado de granero,
con el pelo agitado del viento de la trilla,
o durmiendo en un surco a medio cosechar,
o, ebrio de los vapores de las adormideras,
mientras tu hoz deja a salvo la siguiente gavilla:
como una espigadora, llevas en la cabeza
tu carga bien derecha al cruzar un arroyo:
o al lado de la prensa de sidra, con paciencia,
observas, horas y horas, el rezumar final.
III
¿Dónde están las canciones de Primavera?
¿Dónde? Tú no pienses en ellas: también tienes tu música
mientras nubes listadas florecen el ocaso
y tocan los rastrojos con un matiz rosado;
entonces, en un coro quejoso, los mosquitos
gimen entre los sauces de la orilla, subiendo
o bajando, según la brisa vive o muere;
y las ovejas balan desde el cauce del cerro;
canta el grillo, y ahora, con su suave voz tiple,
el petirrojo silba desde un rincón del huerto,
y chillan golondrinas juntándose en los cielos.
Este es el blog de las asignaturas Literatura Europea I y II de la carrera de Profesorado en Letras de la UNJu. Ambos espacios curriculares proponen como abordaje una visión del trasfondo histórico y de las perspectivas socio-culturales, políticas y artísticas sobre las que se proyectan las literaturas europeas.
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